Recomendaciones ante el COVID-19

Recomendaciones ante el COVID-19

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Desde hace unas semanas la propagación del coronavirus COVID-19 ocupa las portadas y la mayor parte de los noticieros de todo el mundo. Que no cunda el pánico. Pero las medidas preventivas están diseñadas para prevenir cuando todavía la situación es controlable. En nuestras iglesias hemos de estar también dispuestos a adoptarlas, como deber cívico y cristiano.

Algunas de esas medidas ya han sido decretadas en diócesis italianas, y pueden (y deben) ser aplicables también en la nuestra: vaciar las pilas de agua bendita, para evitar que se conviertan en focos de infección; suprimir el gesto de la paz en las misas, que ya era facultativo, o, en todo caso, sustituirlo con una simple inclinación de cabeza; extremar la higiene por parte de los sacerdotes, lavándose las manos concienzudamente antes de cada eucaristía, y, si no hay donde hacerlo en la sacristía, adoptando otras medidas de limpieza; evitar asistir a las celebraciones en cuanto se manifiesten los primeros síntomas que permitan sospechar que uno está infectado…

Hay una medida, sin embargo, que podría producir algún rechazo (o incluso un fuerte rechazo) por parte de algunos fieles: recibir la eucaristía únicamente en la mano, para minimizar el riesgo de que la saliva de uno pueda entrar en contacto con la boca de otro.

Las líneas que siguen se han redactado no para privilegiar un modo de recibir la comunión sobre otro sino, en primer lugar, para intentar que los cristianos que puedan sentir escrúpulo religioso a recibir la comunión en la mano entiendan que ello no supone menor respeto o veneración a la Eucaristía que recibirla en la boca y, en segundo lugar, para explicar por qué en el momento actual hay un deber civil y religioso para hacerlo así.

1. La comunión en la mano no denota menor respeto a la Eucaristía.

a)  En la institución de la eucaristía Jesús dice “tomad y comed”. El verbo “tomar” (en griego lambano) significa normalmente coger con la mano. Por tanto, en el precepto de institución de la eucaristía se presupone que el comulgante recibe en su mano el Pan de Vida.

b)  La Iglesia de los primeros siglos practicó esta modalidad de comunión, y sólo en tiempos relativamente tardíos se introdujo la comunión en la boca. Más aún, los fieles cristianos recibían la Eucaristía no sólo para sí, sino que también la llevaban a los enfermos. Por tanto, la comunión en la mano es más tradicional que la comunión en la boca.

c)  Con frecuencia se aducen razones equivocadas (y teológicamente inaceptables) para preferir la comunión en la boca a la comunión en la mano. Una de ellas es que el cuerpo de Cristo sólo puede ser tocado por manos consagradas. Las razones de la falsedad de este argumento se exponen a continuación.

d)  En primer lugar, y como principio fundamental, en la Iglesia no hay cristianos de primera y de segunda. Todos hemos sido consagrados a Dios por nuestro bautismo. Por eso, san Pablo en sus cartas se refiere al conjunto de los cristianos como “los santos”. Y todo bautizado es sacerdote al menos con la misma literalidad, aunque con sentido distinto, con que lo es un presbítero o un obispo. Todo cristiano tiene acceso directo a Dios, sin necesidad de intermediarios, como no los necesita un hijo para dirigirse a su padre.

e)  La ordenación sacerdotal puede entenderse como una consagración, pero no en el sentido de que el ministro ordenado sea más sagrado que el fiel cristiano, pues esta condición sagrada es conferida, como hemos dicho, por el bautismo, sino en cuanto que la existencia del sacerdote supone su dedicación total al servicio del evangelio y de la Iglesia, mediante la predicación, la oración y la celebración sacramental. Por eso, a los presbíteros y obispos se les empezó a llamar a partir del siglo III (quizá también del II, según como interpretemos los textos atribuidos a Ignacio de Antioquía) “sacerdotes”. No para negar el sacerdocio de todo el pueblo cristiano, sino para indicar su peculiar consagración al ministerio. Una consagración que no los vuelve más “sagrados”, como si tuviesen un mayor o más autorizado acceso a las cosas divinas, sino más “dedicados” a lo que es misión conjunta de la Iglesia.

f)  En efecto, no es el sacerdote el que celebra los sacramentos, incluyendo la Eucaristía, sino que es la Iglesia la que celebra. El ministro ordenado realiza una función ministerial, esto es, de servicio, con una doble representatividad: por un lado, representa a Cristo ante la comunidad; por otro lado, representa a la comunidad ante Dios. Pero no sustituye ni a uno ni a otra. Él no es Cristo ni es la Iglesia. Cuando a veces se dice que el ministro de los sacramentos actúa in persona Christi, esto no significa que haya una identificación entre Cristo y el sacerdote, de tal manera que la figura del sacerdote se rodease de un cierto halo sagrado, sino que lo que se señala simplemente es que el ministro no actúa en su propio nombre, sino en el de Cristo.

g)  Por tanto, las manos del sacerdote no están más cualificadas para tocar el pan consagrado que las de cualquier cristiano. Evidentemente, tanto unos como otros han de tratarlo con el amoroso respeto y la familiar veneración que el cuerpo de Cristo exige, procurando, entre otras cosas, que no se pierda nada de lo que se ha recibido.

h)  Por lo demás, recibir la Eucaristía en la boca no es (al menos, no lo es necesariamente) signo de mayor veneración, pues tan sagradas, o tan profanas, si se quiere, son las manos como la lengua del comulgante. Si Cristo deseó dejar su presencia real en forma de comida, debe también asumirse en forma de comida. Y sólo los que están incapacitados (niños pequeños y enfermos) reciben la comida directamente en la boca.

2. En las circunstancias actuales es más cristiano recibir la comunión en la mano.

La Eucaristía es el misterio de la caridad. Todo lo que se hace en ella significa y realiza el amor que Dios nos manifiesta en Cristo, así como el amor que los cristianos se profesan entre sí. Y uno de los deberes básicos del amor es evitar daños entre los demás. Por tanto, todo lo que suponga prevenir la difusión de enfermedades es un deber religioso, tan sagrado como la propia Eucaristía. Quien antepone su escrúpulo religioso al deber superior de la caridad demuestra tener una conciencia errónea, que coloca el egoísmo de su propia ideología por encima del mandamiento que prohíbe matar, no sólo con actos deliberados, sino también con actos imprudentes.

Quien piensa que Dios premiará la fidelidad a esa conciencia equivocada evitando milagrosamente los contagios, se alinea con aquel Satanás que quiso tentar a Jesús para que pusiese a Dios a prueba enviándole sus ángeles. “No tentarás al Señor tu Dios” es la respuesta del Maestro, y es una advertencia que hoy adquiere una dimensión concreta en nuestras formas de vivir y celebrar nuestra fe.

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