Nació cuando Hitler y los aliados se disputaban con sangre el tablero de juego de Europa. La palabra “capricho” no existía en su diccionario. Creció comiendo cocido todos los días y dando gracias a Dios por poder hacerlo. No había que explicarla que uno no se puede gastar aquello que no tenía y por eso un juego de lapiceros para pintar era la mayor ilusión ante un día de reyes. Haber crecido con ausencia de cosas materiales, contrasta con la gran riqueza de recuerdos, personas, refranes y anécdotas de vida que aún atesora en su memoria. Hizo de lo que hoy se llama resiliencia, la normal aceptación de la condiciones en que se desarrollaba la vida. Sin una preparación específica, pero con mucho sentido común, aprendió a ser madre, cocinera, enfermera de primeros auxilios, pedagoga, experta en la gestión de recursos materiales…

Su vida no se entiende sin una fe sencilla pero robusta, porque así lo aprendió y vivió en familia… y vaya si le ha dado fortaleza ese Dios al que ha musitado tantas oraciones a lo largo de su vida, cuando tocaba estar meses en una silla de hospital o cuando había que aceptar aquello que no se entendía.

Pertenece a esa generación que tal vez haya visto un mayor número de cambios tecnológicos y sociales en un espacio más corto de tiempo. Nació sin agua corriente en su casa y se despedirá de este mundo con el whatsapp en su móvil. Con una gran plasticidad se supo adaptar al fluir del tiempo sin renunciar nunca a lo que de verdad importa.

Es una de tantas personas que educa con solo contar su vida. Cuando el papa Francisco pide a los jóvenes que no se olviden de los mayores para que les ayuden a descubrir la riqueza viva del pasado, pienso en ella y en todos los de una generación que atesoran una sabiduría y una riqueza de vida que esta sociedad no puede permitirse el lujo de olvidar.

Texto de Nando SBD