Casaldáliga, la voz de los excluidos

No poseer nada, no llevar nada, no pedir nada, no callar nada. Probablemente esta frase lo encierra todo, a pesar de emplear hasta en cuatro ocasiones el término nada. Compromiso, actitud ante la vida, con los pobres, con los marginados, con los que sufren, con los desplazados, con los ignorados, con los indígenas. Con los excluidos. Un compromiso, una palabra, solo 38 veces en los evangelios, seguimiento. Aquél déjalo todo y sígueme puede encarnarse, sin duda, en este enjuto hombre, de una humanidad igual de estoica como su espartana dignidad como ser humano. Casaldáliga siguió a Jesús de Nazaret allí donde estaban los pobres, los desheredados, los excluidos de un mundo arrogante y cínico, violento y donde los todopoderosos poseían la vida y la muerte sin importarles la explotación, la miseria y, sobre todo, la marginación social. ¡Quién toca a Pedro toca a Pablo! Una frase pronunciada hace cuatro décadas por un papa, el papa Montini, Pablo, cuando a Pedro, Pere, lo querían asesinar. Otros simplemente viven de otro modo su fe y su religión.

Varias veces trataron de asesinarlo. Aquellos mismos para quienes Pedro era molesto. Justicia, justicia social. Eran años durísimos en Brasil: asesinato, represión, miseria material y moral, dictaduras, terratenientes sin escrúpulos. Un lugar, Mato Grosso, un nombre, São Félix do Araguaia, un personaje irrepetible, Pere Casaldáliga. Sí, nos referimos a ese profeta de los pobres, un hombre cargado de humanidad, de sensibilidad, de voz ante la injusticia. Como decía el padre Ellacuría, de quién Casaldáliga conservaba como reliquia un trozo de hueso de su cabeza, comprometerse con la realidad es cargar con ella, encargarse de la realidad. Este catalán, que lleva más de la mitad de su vida en Brasil, ha dedicado su esfuerzo, su ser, a estar con los pobres, con los que nada tienen, con los que sufren. Araguaia ha sido, es y será la obra que ha dado sentido a su vida. Su defensa de los pobres, sobre todo de las comunidades indígenas, los indios Xavante, le había supuesto recibir amenazas de muerte por parte de colonos y terratenientes. Muchos indígenas fueron asesinados. Y su vicario, Joâo Bosco, fue asesinado porque le confundieron con él. Vinculado a la teología de la liberación, no fue entendido ni comprendido a un lado del Atlántico, pero sí al otro, sobre todo por parte de quiénes eran excluidos, apartados, ofendidos, ninguneados en sus derechos y en su dignidad. Escogió seguir a Jesús al lado de los más pobres entre los pobres. Ahí lo vio, lo siguió, lo experimentó. Han sobrado adjetivos, para una rica personalidad de compromiso, diálogo, firmeza y rectitud de vida y espiritual. Su pobreza rayana con su vida asceta y espartana era la misma que sentían y vivían de miles de campesinos e indígenas. A ellos llevó la voz, llevó la palabra y el ejemplo de aquél nazareno. Para otros solo era un obispo comunista, un revolucionario, un disruptor, como se diría hoy, del orden y la paz que solo unos imponían a su forma, esclavizando, arrodillando y marginando. En sus últimos años de la vida de Casaldáliga, la enfermedad fue apagando el brío de otrora, pero no la fuerza y la viveza de su mirada; apenas podía moverse, apenas balbucear unas palabras. Su casa está, como siempre lo estuvo, abierta de par en par. Las fuerzas le fallaron, pero solo las físicas, no su espíritu, no su inmensa humanidad y fortaleza interior. Un ejemplo de fe y coraje. Con virtudes y errores como todo ser, pero para la historia aquella frase enérgica de Pablo VI, un gran papa olvidado, «quién toca a Pedro toca a Pablo». Una frase que resonó en los fríos muros de muchas conciencias de cristal.

Artículo de Abel Veiga publicado en La Voz de Galicia

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