A la vera del Camino

20/07/20

Hace ya muchos años conocí a Fernando. Era argentino de pura cepa. Solía cantar y se acompañaba de la guitarra. De él aprendí esa canción “Sapo cancionero” del folclore argentino. En su letra hay una frase que dice así: “sapo cancionero: canta tu canción, que la vida es triste, si no la vivimos con una ilusión”.

¡Qué importante es tener ilusión en la vida! ¿por cosas grandes? sí, pero también por cosas pequeñas, porque la vida se compone de una retahíla de pequeñas cosas. Y en sentido contrario ¡qué cosa más triste no tener ilusión, ilusiones, incluso cuando la edad avanza y nos hacemos mayores o viejos. Encontré una definición (desconozco su autor) que decía así: “Tener ilusión es tener ganas y afrontar la vida con más optimismo y energía, teniendo la visión de que podemos conseguir aquello que tanto deseamos, siempre teniendo los pies en la tierra hasta cierto punto y sobre todo siendo proactivos”.

Al sapo le decía la letra de la canción que “cantase”. El refrán dice “gallo que no canta, algo tiene en la garganta”. En cierta ocasión me encontré con una vieja inscripción que decía: “gallo canente spes redit”; es decir “gallo que canta devuelve la alegría”. Hace unos años el Papa decía “Mostremos la alegría de ser hijos de Dios”, en la exhortación que lanzó a los miles de fieles reunidos en la Plaza de San Pedro, al recordarles que con su Resurrección Cristo regaló a los hombres y mujeres la dignidad de ser hijos del Padre y de nacer a una nueva vida (10.04.2013).

¿Has pensado alguna vez si tu vida, a pesar de todas las dificultades objetivas o imaginadas, es una vida alegre?. Hay veinte mil motivos para estar triste, pero si de verdad te sientes hijo de Dios todos esos “motivos” caen por su base, se desvanecen.

Hace muchos años leí por primera vez un texto en un librito, Camino n. 662, que dice “¿No hay alegría? —Piensa: hay un obstáculo entre Dios y yo. —Casi siempre acertarás”. Si no estás alegre es que algo te pasa. Por esos no pongas como causa de tu falta de alegría, de ilusión por vivir la vida, las dificultades exteriores que, seguro, las habrá. Busca en tu interior. No te conformes con ir tirando, ir arrastrándote por la vida. Como la letra del “sapo cancionero”, como “el gallo que no canta”: algo tienes en la garganta…, pues ¡expúlsalo! Quizá necesites que un sacerdote te proporcione un buen “lavado” con jabón y estropajo (no con champú y esponja) para que desembuches en una buena confesión, porque ¿desde cuándo no te confiesas?. No esperes más. Venga, ánimo que hay mucho por hacer y tú puedes echar una mano a tantas personas que sufren interiormente, para que también se sientan hijas de Dios.

19/07/20

No sé por qué me ha venido a la cabeza un aspecto de la vida de María. Es una mujer joven, con un par de niñas pequeñas. Tiempo atrás su familia era una familia feliz: se habían casado por la Iglesia, llegaron las hijas, decidieron que ella dejase su profesión y se centrase en la crianza de las niñas mientras él obtendría el dinero necesario para mantener la familia. Pero hete aquí que al cabo de unos años él “emprendió el vuelo”, y las niñas y ella se quedaron a dos velas; las niñas quedaron en la custodia de la madre y María tuvo que ponerse a trabajar y preparar unas oposiciones para tener un sustento seguro del que vivir. Una historia, por desgracia, como otras muchas. María se centró en esos objetivos y la familia de las tres mujercitas fue poco a poco malviviendo pero saliendo adelante. Las niñas crecían y María las llevó a la catequesis parroquial. El paso siguiente os lo imagináis: la ilusión de ellas y de la madre porque hiciesen la Primera Comunión. Así llegó un problema imprevisto: la negativa del padre a que sus hijas recibiesen a Jesús Sacramentado. El juzgado tuvo que decidir y falló en favor de la posición del padre; ahora, recurso ante la instancia judicial superior; y así
están las cosas.

Sin entrar en asuntos que pertenecen a la intimidad familiar, se puede pensar en cómo el demonio mete el rabo siempre que puede. Está al acecho y ¡zas, allá va!¡ Cuánta razón tuvo el apóstol San Pedro cuando decía “Sed sobrios y velad, porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 Pe 5:8). En cuanto te descuides, te pilla. El matrimonio es cosa de dos. Hay un primer paso que es la celebración del mismo y después hay otros muchos sucesivos. A veces se puede pensar que ¡ya me casé!¡ya lo conseguí!, y que ya está todo hecho. ¡Qué error más garrafal! porque el matrimonio es algo hay que construirlo y cuidarlo cada día. ¿Y cómo se construye a diario?, pues con amor, poniendo en la parrilla todo el amor sin pensar en “mis” derechos aunque los tengas. El Señor, que tenía “la vista larga”, ya nos previno: “el que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho; y el que es infiel en lo poco, también es infiel en lo mucho” (Lc 16:10). El matrimonio, la familia, es algo vivo que diariamente hay que alimentarlo. Se construye a base de muchas fidelidades personales diarias con la otra parte, y cuando se mete la pata hay que pedir perdón y hablar las cosas. Y en esto ¡nadie “nace aprendido”!: hay que aprender a vivirlo diariamente. Recuerda aquello de San Juan de la Cruz: “Pierde, si quieres ganar. Baja, si quieres subir. Sufre, si quieres gozar. Muere, si quieres vivir”. Empiezan a ir mal las cosas cuando se mete por medio el “acostumbramiento”. Por eso te sugiero que cada día te examines de cómo has sido fiel a tu matrimonio y en tu matrimonio; el Señor nos decía “velad”. María, “Madre de la Familia” te ayudará si acudes a Ella para que te enseñe.

18/07/20

Hay un dicho que yo he utilizado muchísimas veces a lo largo de mi vida profesional. Dice así: “es de bien nacido ser agradecido”. Y lo hice porque pasamos por la vida como personas que están en posesión de unos derechos, que le han sido dados, y además exigiéndolos. ¡Cuántas veces habré escuchado aquello de: “yo no le debo nada a nadie”, que decía uno convencido de sí mismo, de cuánto valía, y de que todo lo que tenía se lo había ganado a pulso, sin que nadie le hubiese regalado nada! Y yo en mi interior me partía de risa, pensando en la ridiculez de su afirmación que, de alguna forma, manifestaba la soberbia de la que estaba imbuido y su arrogancia. ¡Qué pena si a cualquiera de nosotros nos sucediese algo parecido!, porque a lo mejor (a lo peor) sucede que nos ocurre. ¿Os acordáis de la letra de aquella canción que decía “gracias a la vida, que me ha dado tanto…” de Joan Baez, Mercedes Sosa, Violeta Parra?.

A veces somos “tontos de capirote”, porque la autoestima personal la tenemos por las nubes y los demás son muy poca cosa al lado nuestro. ¿Te has parado a pensar que la vida es un don, un regalo que te dio Dios? ¿y que quienes lo hicieron posible fueron tus padres? ¿Das gracias a Dios por ese don y a tus padres porque te trajeron al mundo? Y a partir de ahí… ¿cuántas personas te han dado cosas (su cariño, su tiempo, su ayuda, su acogida, su conversación, etc.) sin pedirte nada a cambio? Y tú ¿das gracias, o las gracias, de verdad a tantas personas conocidas o desconocidas para ti que tantas cosas te han dado sin esperar a recibir nada a cambio?.

¡Hala!, lee despacio el texto del siguiente salmo y no te olvides de elevar tu corazón a Dios por tantas cosas que te dio, te da y te dará sin que te des cuenta, como por ejemplo el aire que respiras. “Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte —que lo diga Israel— (1) , si el Señor no hubiera estado de nuestra parte, cuando nos asaltaban los hombres (2) , nos habrían tragado vivos: tanto ardía su ira contra nosotros (3) . Nos habrían arrollado las aguas, llegándonos el torrente hasta el cuello (4) ; nos habrían llegado hasta el cuello las aguas impetuosas (5) . Bendito el Señor, que no nos entregó en presa a sus dientes (6) ; hemos salvado la vida, como un pájaro de la trampa del cazador: la trampa se rompió, y escapamos (7) . Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra (8) ” (Salmo 124).

17/07/20

No sé por qué, pero se me ocurre que quizá debiéramos cambiar nuestra mente, purificarla, porque quizá nos planteamos este “andar por la tierra” a la espera de marchar al Cielo como algo agotador, duro, insufrible porque Dios nos manda cada cosa…; y podemos pensar que “no compensa” pasar por todo eso, o como decimos en la Salve por “este valle de lágrimas”: todo es sufrir, todo es sufrimiento.

No digo yo que la cosa sea fácil, que todo sea “miel sobre hojuelas”, pero quizá acentuamos en exceso lo del “valle de lágrimas”. Por eso no deja de sorprender lo que el salmista (Salmo 84) nos decía días atrás, intentando que nuestra mirada no esté “pegada” al suelo sino al Cielo: “¡Qué deseables son tus moradas, Señor del universo!(2) Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo(3)Hasta el gorrión ha encontrado una casa; la golondrina, un nido donde colocar sus polluelos: tus altares, Señor del universo, Rey mío y Dios mío(4)Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre(5). Por eso Santa Teresa de Jesús, cuando se escapaba con su hermano Rodrigo por la puerta del Adaja de la ciudad de Ávila para que los decapitasen por Cristo, lo animaba diciéndole “Rodrigo, que hay vida para siempre, para siempre, para siempre”. Por eso merece la pena; y ese “merecer la pena” es para vivir las vicisitudes de cada día con alegría, porque nuestro Padre Dios nos la envía, nos las pone delante, para nuestro bien aunque nos duelan. ¿Qué nos irá a dar nuestro Padre Dios después en la otra vida cuando nos pide eso, ese esfuerzo, ese sacrificio, ese dolor en nuestro día a día?.

Por difíciles que sean nuestras circunstancias personales, debiéramos pedirle a nuestro Padre del Cielo que nos dé una visión positiva de las cosas, es decir todo lo contrario al lamento cotidiano por la vida difícil que tenemos. El salmista nos muestra el camino para ello y los resultados: “Dichoso el que encuentra en ti su fuerza y tiene tus caminos en su corazón(6). Cuando atraviesan áridos valles, los convierten en oasis, como si la lluvia temprana los cubriera de bendiciones(7); caminan de baluarte en baluarte hasta ver al Dios de los dioses en Sión(8). Señor del universo, escucha mi súplica; atiéndeme, Dios de Jacob(9). Fíjate, oh Dios, escudo nuestro, mira el rostro de tu Ungido(10). Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa, y prefiero el umbral de la casa de Dios a vivir con los malvados(11). Porque el Señor Dios es sol y escudo, el Señor da la gracia y la gloria; y no niega sus bienes a los de conducta intachable(12). ¡Señor del universo, dichoso el hombre que confía en ti! (13)”.

16/07/20

El texto de una oración de la Misa de estos días dice así: “La luz de tu verdad, oh Dios, guíe a los que andan extraviados para que puedan volver al camino de la santidad; concede a todos los cristianos rechazar lo que es indigno de tal nombre y cumplir todo lo que este nombre significa”. Me parece un texto muy bonito, profundo y sobre el que podemos hablar con Dios en nuestra oración personal.

Jesucristo, con su muerte en La Cruz, nos rescató del pecado para llevarnos a la Vida Eterna. A esa idea, que la conocemos de sobra, quizá no le hemos sacado todo el partido que se podría. Y quizá también nos muramos sin haberlo hecho. La oración litúrgica de esa Misa nos plantea nuestra responsabilidad personal ante la conducta de otros y la nuestra.

La primera cosa es pedirle a Dios que “guíe a los que andan extraviados”. Tú y yo ¿andamos extraviados? ¿andamos “renqueantes” en nuestro Amor a Dios? ¿Somos “tacaños” en nuestro Amor al Señor? ¿Jugamos, “como sin darnos cuenta”, a “escaquearnos” ante lo que sabemos que Dios nos pide y los demás esperan de nosotros?

Lo segundo que pedimos es “para que puedan volver al camino de la santidad”, y que tú y yo también volvamos a ese camino. ¿Te has planteado que Dios nos llama a ser santos? No se trata de ser “buenos” sino de ser “santos” como nuestro Padre Dios es santo. Jesús nos lo dice de modo taxativo: “sed santos como vuestro Padre celestial es santo” (Mt 5,48). ¡Esa es la llamada del cristiano! ¡eso es a lo que estamos llamados!; no se trata de “ser buenos”, “ser bueniños”: se trata de ser santos que es algo muy distinto; recuerda aquello de “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor(29): amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser” (30).  El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos (31)” (Mc 12: 29-31).

El Señor es muy claro: nos llama a ser santos, no a ser buenos. Ser “santo” es mucho más que ser “bueno”. Aspirar a “ser santos”, que es lo que Dios quiere de cada uno de nosotros, es “amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios” (Mc 12: 33). Nuestra vocación cristiana es una vocación a la santidad, no a ser “buenas personas” aunque eso es mucho pero es poco; es decir a hacerlo todo para con Dios y para con los demás por “Amor a Dios” y Jesucristo es nuestro ejemplo a seguir. Evidentemente, esa meta escapa a nuestras fuerzas humanas; por eso hemos de acudir a nuestra Madre para que nos empuje y ayude.

15/07/20

Leía días atrás en un periódico (La Voz de Galicia) que «Si vas a san Benitiño/ non vaias ao de Paredes/ que é moito máis milagreiro/ san benitiño de Lérez». La copla popular muestra la querencia de los pontevedreses por el santo al que está dedicado el monasterio de Lérez. Me atrevería a dcir qye cada vez encuentro m´s devoción a San Benito en ambientes de la calle. Los monjes benedictinos tienen una regla básica: ora et labora. Se recluyen en un monasterio y buscan a Dios en su aislamiento a través de la oración y el trabajo.

Cuando Dios llama a alguien le señala su camino para seguirle. Todos los caminos son buenos, porque son llamadas de Dios. Unos se sentirán llamados a hacerlo en la vida religiosa, en el sacerdocio o en su trabajo profesional, en medio de la gente, o en su hogar. Como dijo Jesús: “en la casa de mi Padre hay muchas moradas; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros” (Jn 14:2). Lo importante es buscar y encontrar el camino que Dios nos ha preparado, y después seguirlo para llegar a la Casa del Padre, al Cielo.

Sin embargo, fijaos en una cosa: cada uno en su quehacer corriente y ordinario debe encontrar a Dios, sea ese quehacer el que sea. Es decir, “aquello” es el instrumento que Dios ha puesto a nuestro alcance para que a través de él lo conozcamos y le amemos. Dicho con otras palabras: nadie llegará a Dios si nos “tumbamos a la bartola” y si no lo buscamos en la oración, en la vida de piedad. Ante esto la pregunta es clara ¿tú, quieres encontrar a Dios? y si lo quieres encontrar ¿lo buscas? ¿perseveras en esa búsqueda diariamente?, ¿o por el contrario “te importa un pimiento”, o te da miedo encontrarlo por la exigencia personal que te pueda suponer?

Pídele a María, Madre de la Divina Gracia, que te coja de la mano y te ayude en esa búsqueda para descubrir lo que Jesús quiere de ti y después, “sin arrugarte”, realizarlo.

14/07/20

Días atrás la Iglesia celebró la fiesta de Santa María Goretti, la niña de doce años asesinada (en 1906) de 14 puñaladas por resistirse a una violación y que antes de morir perdonó a su asesino de unos treinta años. El Papa Pío XII, en 1947, la definió como “pequeña y dulce mártir de la pureza”. Fortalecida por la gracia del cielo, a la que respondió con una voluntad fuerte y generosa, entregó su vida sin perder la gloria de la virginidad. Su cuerpo se conserva incorrupto en la Iglesia de Nuestra Señora de la Divina Misericordia en Nettuno (Italia).

La “escena” es digna de ser vista por los padres y madres de familia respecto a la educación de los hijos que Dios les ha dado. Y también por la gente joven y por los no tan jóvenes como son los mayores. Todos estamos todos llamados a la vivencia de la virtud cristiana. Jesucristo dijo que el reino de los cielos se abre paso a viva fuerza, y los que pugnan por entrar lo alcanzan (Mt 11:12).

Uno se podría preguntar: entonces… ¿hasta el matrimonio? ¡Faltan “miles de años”! Y mientras… ¿qué? El noviazgo es una preparación para el futuro matrimonio. Y todos, jóvenes y no tan jóvenes debiéramos cuidar todo lo que ves y oyes. Y recordar que tú eres una persona que tiene dignidad, inteligencia y voluntad, y que eres diferente de los animales que tienen relaciones sexuales por puro instinto. La virtud de la castidad, de la pureza, te dará fuerza para dominar y controlar tu impulso sexual. Y también a darte cuenta de que la otra persona también tiene una dignidad como persona, a quien debes respetar porque, además, es como tu hijo de Dios no un juguete en tus manos.

Es más persona quien sabe dominarse, quien sabe controlarse, quien sabe guardarse íntegro para entregarse sin reservas a su futura mujer o marido, que aquel cobarde y sin fuerzas de voluntad que entrega su cuerpo a cualquiera ante el primer estímulo que pasa frente a sus ojos. Y, después del matrimonio sacramental, a lo largo de la vida, también. Pidamos a nuestra Madre, Mater Purísima, la gracia de ser fieles en el cuidado de esta virtud personal de suma importancia.

13/07/20

Casi sin darnos cuenta nos hemos ido metiendo en el verano. No sé por qué; quizá porque se cierra una etapa del año actual que ha sido dura, parece que los “nuevos aires del tiempo” nos invitan a ello; hemos dejado insensiblemente atrás unos días intensos, de incertidumbre. Evidentemente, las cosas no se han solucionado. Pero no me quiero referir a eso, sino a nuestra situación interior en el momento actual.

Desde siempre se ha considerado a esta época del año como la de “aflojar las tuercas”, es decir lo que en otros lugares se llama “el relajo”. No sé lo que Dios nos habrá concedido en los días pasados en los que quizá nos dio la fortuna de tener más trato y más presencia suya en nuestra vida. No importa ahora si fue mucho o poco; lo que importa es que estemos “ojo avizor” para no perder lo que nos concedió “por culpa del relajo” estival. En un momento determinado, el Señor le dijo a Pedro: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil” (Mt 26:41).

En esta etapa estival es muy fácil “entrar en tentación”. A este respecto, se me ocurre que un buen propósito para plantarle cara al demonio (que intentará “hacerse amigo” nuestro) puede ser la guarda de los sentidos: especialmente de la vista, la guarda del corazón, la guarda de la imaginación. Así como en la lucha contra el coronavirus es importante cuidar la vías respiratorias, en nuestra vida de relación con Dios y con Su Madre es de capital importancia la guarda de la vista; dicho con otras palabras: no mirar y no ver lo que no debemos ver, pues por ”la vista”, por la mirada de lo que no conviene y no digamos nada si además nos “recrearnos” en la escena con la imaginación entran muchas cosas en nuestra alma.

Un viejo libro de la Sagrada Escritura (“Proverbios”, escrito hace unos 3.000 años) ya prevenía al pueblo de Israel: “Tus ojos miren lo recto, y diríjanse tus párpados hacia lo que tienes delante(25)Examina la senda de tus pies, y todos tus caminos sean rectos(26)No te desvíes a la derecha ni a la izquierda; aparta tu pie del mal(27) (Prov 4:25-27). Como se puede ver, ya entonces Dios a través del autor del libro prevenía a su pueblo. Lo que hay en el ambiente social no son cosas nuevas de ahora: ha pasado siempre. El riesgo que se corría entonces, se corre ahora; “las cosas vienen de lejos” y el Señor ya sabía del barro que estamos hechos y de qué pie podemos cojear.

Por eso, acudamos a nuestra Madre, Virgen Prudentísima, a fin de que seamos “prudentes” y no nos dejemos embaucar por el “bicho”, por el demonio para “ver” e “imaginar” lo que nos puede apartar del Amor de Dios.

12/07/20

Días atrás se leía en un texto de la Misa lo siguiente: “Después de esto, ¿qué diremos? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?(31) El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?(32) ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica(33). ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, que murió, más todavía, resucitó y está a la derecha de Dios y que además intercede por nosotros?(34) ¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?(35); como está escrito: Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas para el matadero(36). Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado(37). Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias(38), ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor(39)” (Rom 8: 31-39)La cita es larga, pero merece la pena leerla con detenimiento, releerla pausadamente y, a partir de la misma, hablar con Dios aplicándola a nuestra situación personal.

Empieza San Pablo haciéndonos reflexionar de un modo sencillo: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? Este es el punto de partida: si Dios está contigo, porque lo tienes dentro de ti ¿qué vas a temer por muchas y grandes que sean las dificultades o problemas? Días atrás me refería a la “filiación divina”, a que somos hijos queridos de Dios; si te consideras hijo suyo y peleas por serlo ¿a qué le vas a tener miedo? ¿acaso no cuidará de ti?

A veces pueden suceder “hecatombes” ininteligibles, como esa que sucedió recientemente a una familia de 12 hijos cuyo padre estaba en la UCI por el “bicho”, la madre contagiada también además de varios hijos, y la mayoría de los hijos muy pequeños; al cabo de unos días, el padre falleció. ¡Un desastre humano! Cualquiera se cabrearía con Dios. Cuentan una anécdota de Santa Teresa de Jesús, enfadada con Jesús se encara con Él por las dificultades que encontraba. Jesús le responde: Teresa, “así trato Yo a mis amigos”; a lo que la Santa responde: ¡por eso tienes tan pocos!

¡Sí, estas cosas suceden y son difíciles de entender!, pero por encima de todo eso hay que tener muy claro, y estar convencidos de ello, que Dios nos quiere como un padre amoroso desea lo mejor para sus hijos; como ese padre marroquí que se tiró al agua sin saber nadar para salvar a sus dos hijos que se los llevaba la corriente, y otra persona, un policía, al verlo se tiró y salvó a los tres. Lo que pasa es que sus hijos en ocasiones tenemos las cosas pegadas a la nariz y por eso no las vemos. Ya lo hará Él cuando mejor nos convenga, a pesar de los agobios que podamos pasar, como le sucedió a esa familia marroquí. Dios nos quiere, pero también dijo “que cada uno coja su cruz y me siga” ¿Qué nos tendrá preparado, qué nos irá a dar cuando llegue el momento?

11/07/20

Hace ya unos días, prácticamente en el final del mes de junio, la Iglesia celebró la festividad de San Pedro y de San Pablo. Como ese día cayó en lunes, podría ser que nos hubiese pasado desapercibido. Sería una pena que no sacásemos alguna lección de ellos. Los dos era fogosos, los dos tenían empuje, los dos se dejaron la vida por llevar a cabo el mandato de Jesús a todas partes, hasta lo que en aquél entonces eran prácticamente los confines de la Tierra conocida. Y los dos se dejaron la vida en ello.

Ambos se querían, se veneraban, pero si algo estaba mal hecho se lo decían a la cara, como recoge San Pablo en la carta los Gálatas ( Ga 2:11-13 ) sobre el enfrentamiento que tuvieron en Antioquía, pero San Pablo siempre tuvo claro que San Pedro era el principal, el primero. Quizá a la luz de todo ello, podemos sacar consecuencias para nuestra vida. El representante de Cristo en la Tierra es el Papa. Todos los demás estamos para ayudarle y, como no estamos físicamente cerca de Él, le ayudaremos rezando por él, por sus intenciones y siguiendo sus indicaciones. Hoy en día todo se pone en tela de juicio; por así decirlo hay “una protesta generalizada” contra quien ejerce la autoridad, y en cierto modo también dentro de la Iglesia porque se hace poco caso a lo que dicen los pastores. En contraposición, nosotros los católicos, como buenos hijos de nuestra Madre la Iglesia, la Esposa de Cristo, hemos de tenerlo muy en cuenta para rezar por él y por sus intenciones, y que no salga de nuestra boca crítica alguna hacia su persona.

El Papa necesita de nuestra ayuda y de nuestro cariño como hijos de la Iglesia. Nuestra Madre La Virgen, Madre de la Iglesia, nos ayudará a hacerlo. Para ello quizá debamos proponernos algunas metas diarias como puede ser rezar alguna oración o avemaría por él, ofrecer algunas de las contradicciones que tengamos en nuestro día o pequeños sacrificios que podamos hacer al privarnos de algún capricho.

10/07/20

Hace un par de domingos, en el evangelio e de la Misa se leían estas palabras de Jesús: El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí (37) ; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí (38) . El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará (39) (Mt 10:37-39). Tal y como están las cosas en la sociedad actual, más de uno se podría haber escandalizado. ¿Por qué? pues porque el texto es muy radical; parece como si Jesús fuese un radical pasado de rosca y la reacción que haya tenido sería algo así como “no es para tanto. A este Jesús se le ha ido la chaveta”. Evidentemente es un lenguaje duro y sus enseñanzas lo son también por su exigencia. El Señor no se anda con paños calientes. ¿Qué es lo que nos está diciendo?, pues que el discípulo de Cristo no puede andarse con condiciones en su seguimiento: o se le sigue o no se le sigue; el “sí, pero…” no encaja en el planteamiento de Jesús.

El Señor no quiere las medias tintas, y hoy en día ¿qué difícil resulta asumir un compromiso y ser coherente con el mismo?. Es frecuente oir : uf, me canso; eso es mucho; no es para tanto; no te pases y expresiones parecidas. Hay otro pasaje en el evangelio que nos puede aclarar las cosas a la hora de tomarnos en serio el Evangelio de Jesucristo. Jesús está hablando de que su carne es verdadera comida y entonces “muchos de sus discípulos, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso? (60) ». Sabiendo Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: «¿Esto os escandaliza? (61) , ¿y si vierais al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? (62) . El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida (64) …. Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él (66) . Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos? (67) ». Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna (68) (Jn 6: 60-63,66-68). Jesús quiere curarte, salvarte, que estés con Él en la Gloria del Cielo; pero también quiere que tú seas libre, tomes una decisión y la lleves a la práctica, la cumplas.

En el primer párrafo, Jesús nos pide que el amor familiar sea relegado a segundo plano, no que renunciemos a su amor, que amemos a la manera de Jesús, porque en otro caso, más que amor es un egoísmo camuflado que busca la seguridad material o afectiva. Si el amor es auténtico, no puede oponerse a otro, aunque sí tendrá que tener un orden de preferencias.

En el segundo, el seguimiento de Cristo en nuestra vida corriente y ordinaria comporta renuncias y sacrificios. En muchas ocasiones, nos encontraremos ante una encrucijada: aceptar o no la cruz, seguir los valores del evangelio o la comodidad que nos ofrece el mundo. Y ahí está la cruz. ¿Qué no podemos llevarla? ¿Por qué no? el ser capaces no está en nosotros sino en el Señor, que nos dice: “Venid a mí y yo os aliviaré” (Mt 11:28). Y San Pedro añade: ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna.

09/07/20

El evangelio de la Misa de cada día es muy rico en contenido porque la Iglesia nos propone pasajes que nos son útiles a nuestra vida. En uno reciente se narra la petición de un leproso que se acerca a Jesús, se arrodilló y le dijo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme» (2) . Extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio». Y enseguida quedó limpio de la lepra (3) ” (Mt 8:2-3). ¡Qué cosa más sencilla!: acude a Jesús para que le limpie. ¿Por qué no acudes a Jesús?¿Seguro que tú no necesitas ninguna “limpieza” de tu alma?. Recuerda lo que dijo el Señor: “Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias” (Mt 15:19).

Quizá externamente estés limpio de todo eso, pero ¿en tu corazón no hubo nada de eso?. Recuerda aquellas otras palabras de Jesús: “quien es fiel en lo poco también lo será en lo mucho” (Lc 16:10) y, en sentido contrario, quien no es fiel en lo poco, tampoco lo será en lo
mucho. Hoy día podría decirse que está en desuso el Sacramento de la Reconciliación; y digo en desuso porque no se usa. Me pregunto y afirmo: Dios es misericordioso, sí, pero si no acudimos a que nos limpie quien puede hacerlo, es decir el sacerdote que es Dios mismo en la confesión ¿quién nos limpiará? ¿Tú mismo? “Cae del guindo” porque las cosas no son así y estás equivocado si lo piensas, como hay muchos que dicen: “yo me confieso directamente con Dios y no necesito al sacerdote”.

Después está “el otro”, el que piensa “yo no tengo pecados”. ¡Joé qué tío: vaya joya! ¡Me encantaría conocerte! porque, te lo aseguro, me parece que eres un “bicho raro”, tan raro que ahora ya no existen. No sé si en el pasado, pero ahora te aseguro que no.

O sea ¿que tú te consideras que estás limpio de toda mancha? Venga, deja de un lado a tu orgullo y sé humilde ante Dios, que todo lo ve y te conoce perfectamente. Aprende del leproso y Dios te limpiará. Acude a Dios a través del sacerdote.

08/07/20

Imagino que todos conocemos o hemos oído la expresión “a Dios rogando y con el mazo dando”. Es un dicho que viene a significar que no basta con invocar a Dios si uno no trabaja y se esfuerza para conseguir lo que quiere. Me ha venido a la cabeza en relación con la situación pasada y la que tenemos por delante. Más de uno de nosotros hemos acudido en petición de ayuda a Dios. Quizá también hemos tenido tiempo para
meditar las cosas y sobre nuestra vida.

No sé si de lo anterior han surgido en nosotros buenos deseos, del tipo que sean y también sobre nuestra relación personal con Dios. No lo sé. Pero entre tanta población como tiene la UP de Milladoiro me ha llamado la atención la cantidad de personas que se han acercado a ella con motivo de solicitar la ayuda de Cáritas y la poca que lo ha hecho para darle gracias a Dios en la Eucaristía, en el sagrario, por lo bien que por el momento hemos salido personal o familiarmente de la pandemia.

No soy quién para inmiscuirme en la vida de nadie, pero se me ocurre lanzar el interrogante ¿Te planteas si tú te has encontrado dentro de ese a Dios rogando y con el mazo dando? Si fuese así, es el momento de que esos propósitos comiencen a hacerse realidad y no se queden en teoría o en buenos deseos surgidos en medio de una situación difícil para ti y para tu familia. Anda, da un paso más y anímate a hacerlo.

Y si para ello necesitas hacer una “limpieza de tu interior”, una “limpieza de fondos” como se dice en el argot marinero o de los coches o de la “carga o suciedad” que tú llevas, hazlo. Hazlo cuanto antes, no desaproveches la oportunidad aunque ahora te pueda costar al no estar sometido a la “presión” del confinamiento; precisamente por eso, puedes hacerlo con más tranquilidad, sosiego y más a fondo. No te quedes ahora de brazos cruzados porque ya ha pasado “el apuro” si es que ha pasado. Sé coherente contigo mismo, busca la ayuda de alguien como por ejemplo un sacerdote, y verás que Dios te ayuda más que si no lo haces.

07/07/20

Seguro que en más de una ocasión hemos oído decir a alguien “es que yo soy así” o algo parecido (“yo soy así”), y quizá incluso nosotros también lo hemos dicho. El motivo casi siempre fue justificar una conducta o actuación desafortunada para los demás que, por lo general, ha sido maleducada o grosera. Lo malo del asunto no es que lo digamos: es que ¡nos quedamos tan panchos! y a otra cosa mariposa.

Bastaría con detenernos un momento a pensar que no vivimos solos, aislados, sino que lo hacemos en familia, en sociedad o en comunidad; es decir que lo hacemos “con” otros, y esos otros no tienen por qué “aguantarnos” ni aguantar tu modo de ser. La frase más célebre empleada para describir al caballo de Atila tenía que ver con las pisadas del animal, tan decisivas según se decía, que por allá donde el equino pisaba, la hierba no volvería a crecer nunca más. Y esto no era porque el caballo fuese así sino para describir al dueño y jefe de la tribu (los “hunos”) que lo acompañaba, en referencia al carácter salvaje de todos ellos. ¿Eres como ellos? o ¿te gustaría ser como ellos?

Jesús es nuestro modelo. Jesús se enfadó en ocasiones. Recuerda el pasaje cuando echó a los mercaderes del Templo: coge un látigo y la emprende a latigazos (Jn 2, 13- 25), pero lo hizo porque el Templo, la casa de Su Padre, era lugar de oración y aquellos mercaderes la habían hecho cueva de ladrones, es decir ni respetaban el lugar ni respetaban a Su Padre Dios. Pero Jesús también nos dice “tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallareis descanso para vuestras almas” (Mt 11:29). Mira a ver si el problema de tu fuerte carácter se puede solucionar con eso que Jesús nos propone. ¿Cómo tratas a las personas que te rodean? ¿Te salen “prontos”? ¿Levantas el tono de voz? Aquí tienes algo en lo que quizá puedas reflexionar y esforzarte.

06/07/20

Probablemente en nuestra vida nos hayamos encontrado con personas de todo tipo, desde las que están siempre felices “contra viento y marea” a aquellas otras que siempre “andan chorando”. De igual modo, desde las que siempre están satisfechas yorgullosas de sí mismas hasta aquellas otras aún estando contentas son conscientes del suelo que pisan. Me recuerdan la parábola del evangelio en la que se describe al rico Epulón y al pobre Lázaro (Lc 16: 19-31).

Muchas veces medito sobre ella. ¿Dónde estoy, con Epulón o con Lázaro?, consciente que la situación puede cambiar en cualquier momento o al día siguiente, porque ¿estoy satisfecho conmigo mismo? Me da la impresión de que esa “satisfacción” no sería del todo buena porque tras ella se puede esconder la soberbia o su hermanita pequeña que puede ser la vanidad. ¿Los hombres son vanidosos? ¡sí!; ¿las mujeres son
vanidosas? ¡sí!.

Hay dos textos en la liturgia de la Misa de estos días que nos pueden ayudar. Uno dice: “socórrenos, Dios, Salvador nuestro, por el honor de tu nombre; líbranos y perdona nuestros pecados a causa de tu nombre” (Sal 79:9). El salmista, y nosotros con él, lepedimos al Señor que nos libre y perdone de nuestros pecados. ¿Por qué?, pues porque pecamos; no digo que sean veniales ni mortales, pero sí que faltamos al amor de Dios. Al igual que a nosotros nos puede molestar un gesto de otra persona por leve que sea, a Dios le pasa lo mismo con nosotros, y no digamos nada si en vez de “un gesto” es algo “gordo”.

Pero al mismo tiempo, el salmista dice: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia (1) . ¿Quién podrá contar las hazañas de Dios, pregonar toda su alabanza? (2) ” (Sal 106: 1-2). Dios es misericordioso y nos perdonará si acudimos a Él, si se lo pedimos, si nos reconciliamos con Él como nos enseña nuestra madre la Iglesia; y así podremos pregonar su alabanza a todos los que nos rodean a fin de que conozcan mejor a nuestro Padre del Cielo. María, “Madre de la Esperanza”, como nos acaba de proponer el Papa Francisco, cuidará de nosotros si acudimos a Ella con confianza de hijos.

05/07/20

Vivimos unos días de incertidumbre aunque quizá en nuestro interior podamos pensar que “lo malo ya ha pasado”. Es posible que sea así, pero también cabe lo contrario. De cualquier forma para nosotros eso de que “lo malo ya ha pasado” es cierto, pero en un sentido distinto al que le da la gente. Lo malo ha pasado, porque hemos tenido la oportunidad de encontrarnos “con lo bueno”; es decir hemos pensado, meditado, hablado con el Señor de nuestra vida y le hemos pedido ayuda para reorientarla si es que vimos que era necesario. ¡Ojalá hayamos percibido cosas en las que podemos mejorar!. Por eso hemos de pensar que nuestro Padre Dios, que nos quiere, nos ha dado esta oportunidad de replantearnos algunas cosas para mejorar y acercarnos más a Él. Por eso, quizá sea bueno recordar aquello de que “no hay mal que por bien no venga”; en nuestro caso el confinamiento nos puede haber servido para acercarnos más a Él. Ahora tenemos por delante la tarea de llevar esas decisiones, pequeñas o grandes, a la práctica cotidiana de nuestra vida.

Es un estupendo momento para recordar y cantar con el salmista: “A ti, Señor, me acojo: no quede yo derrotado para siempre (1) . Tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo, inclina a mí tu oído y sálvame (2) . Sé tú mi roca de refugio, el alcázar donde me salve, porque mi peña y mi alcázar eres tú (3) . Dios mío, líbrame de la mano perversa, del puño criminal y violento (4) (Sal 71: 1-4).

Y, sobre todo, llenémonos de esperanza ¿quién era capaz de imaginar que en nosotros se iba a cumplir aquello de “en medio de los males, saca bienes” (Fray Diego de Yepes: Libro de la vida de la bienaventurada Madre Teresa de Jesús, Lib II, cp VI). Pues sí, eso ha hecho el Señor con cada uno de los que se han acercado a Él. Continúa el salmo: “Porque tú, Señor, fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud (5) . En el vientre materno ya me apoyaba en ti, en el seno tú me sostenías, siempre he confiado en ti (6) . Muchos me miraban como a un milagro, porque tú eres mi fuerte refugio (7) . Llena estaba mi boca de tu alabanza y de tu gloria todo el día (8) . Quizá el salmo sea benevolente con cada uno de nosotros, pero no importa: lo que queda patente es que el Señor nos estaba esperando desde siempre, y ¡hemos vuelto!.

04/07/20

Cuando un niño es pequeño y se le quiere bien, de verdad, se le quiere educar: conforme va creciendo se le empiezan a exigir responsabilidades y coherencia en las cosas que hace o dice de acuerdo con su edad. Lógicamente no pueden ser las mismas a un pequeñín que a una persona hecha y derecha. No tiene sentido alguno que a personas de veintitantos años se las trate y exija como a un niño, ni que a alguien que está en la cuarentena se le trate como a un joven, como con frecuencia sucede. Esa actitud no conduce a nada positivo sino hacia una inmadurez personal y de la
sociedad.

Quizá en nuestro reciente entorno social pueda suceder algo de esto, y sin habernos dado cuenta estemos en esa actitud que hoy en día “se lleva”. Es necesario reaccionar. Por eso puede ser muy útil leer estas palabras del salmista y hablar sinceramente con Dios sobre nuestra vida: “muéstrame, Señor, el camino de tus decretos, y lo seguiré puntualmente (33) ; enséñame a cumplir tu ley y a guardarla de todo corazón (34) ; guíame por la senda de tus mandatos, porque ella es mi gozo (35) . Inclina mi corazón a tus preceptos, y no al interés (36) ; aparta mis ojos de las vanidades, dame vida con tu palabra (37) ; cumple a tu siervo la promesa para que se mantenga tu temor (38) ”. El modo de acercarnos a Dios es buscando al Señor en nuestro corazón. Si el corazón está vacío de Dios será difícil que lo encontremos. Si por el contrario lo abrimos a Él, le decimos que entre en él, que se apodere de él, y nos ayudamos de un texto como éste, poco a poco el Señor irá entrando en nuestro interior y nos iremos “haciendo” a Él
porque veremos qué es lo que importa en la vida, y así iremos “madurando” interiormente y creciendo en su Amor; y de igual forma le podremos decir: “he resuelto guardar tus palabras (57) ; de todo corazón busco tu favor: ten piedad de mí, según tu promesa (58) ; he examinado mi camino, para enderezar mis pies a tus preceptos (59) ” (Sal 119)

En otro lugar el salmista nos dice, cómo podríamos hacerlo nosotros cada día al acostarnos “de noche pronuncio tu nombre, Señor, y, velando, tu ley (55) ; esto es lo que a mí me toca: guardar tus decretos (56) . Probablemente no estés acostumbrado a ello, pero eso no es obstáculo para que lo
intentes porque “tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6:6). Como le decía la gente a Bartimeo, el ciego que estaba a la vera del camino por donde pasaba Jesús, “¡ánimo, levántate, que te llama!” (Mc 10:42).

03/07/20

Salmo 15 (14) Condiciones para permanecer en la presencia del Señor

1. Yahveh, ¿quién morará en tu tienda?, ¿quién habitará en tu santo monte?
2. El que anda sin tacha, y obra la justicia; que dice la verdad de corazón,
3. y no calumnia con su lengua; que no daña a su hermano, ni hace agravio a su prójimo;
4. con menosprecio mira al réprobo, mas honra a los que temen a Yahveh; que jura en su perjuicio y no retracta,
5. no presta a usura su dinero, ni acepta soborno en daño de inocente. Quien obra así jamás vacilará.

02/07/20

Una vez que hemos tomado la decisión de acercarnos a Jesús más de lo que estábamos, es oportuno que nos detengamos en dos momentos de la vida del Señor en la tierra. En la primera, Jesús acaba de acoger a la mujer sorprendida en adulterio; a continuación añade: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8:12). Muchas veces, porque el demonio no nos dejará en paz e intentará ponernos zancadillas para que nos olvidemos de los buenos propósitos, será necesario que nos acordemos de esas palabras del Señor: Él es la luz del mundo por lo que siempre podremos tener luz para ver, por muy grandes que sean las dificultades que satanás nos ponga por delante, y, en consecuencia, no caminaremos en tinieblas, porque tendremos la luz de la vida. Es decir, si no nos alejamos de Dios Él no se alejará de nosotros. Él experimentó la tentación cuando por tres veces en el desierto le propuso “unos planes” contrarios a lo que Dios quería de Su Hijo. Por eso nos dice que en esas circunstancias Él nos dará la luz de la vida.

La segunda es una regla de oro que debiéramos olvidar jamás porque es como “la llave” para entrar en el Cielo. Se refiere al mandato nuevo del amor. Dice Jesús: “Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas” (Mt 7:12). El “primer paso” corresponde a cada uno de nosotros, y la medida de ese “paso” es el interior de cada uno: lo que deseáis que… hagan con vosotros. ¿Quién no desea que los demás lo traten bien, que se acuerden de él, que le sonrían, que le digan una palabra amable, que te inviten a un cigarrillo, a un vino, a una “vuelta”, que te den conversación, que te cedan el paso, etc.?. Pues el primer paso, con todas las personas, corresponde a cada uno de nosotros; no al revés. Hay que tomar la iniciativa, ser amables independientemente de cómo sea la otra apersona y de lo que en el pasado “nos haya hecho”. Y todo eso, por Amor a Dios y amor a los demás.

Antes aludía al “mandato nuevo” (Jn 13:34) que el Señor nos dio. En cierta ocasión, le oí comentar a uno que el “mandato” era “nuevo”, es decir “estaba nuevo para nosotros”, porque “todavía no se había usado”, no se había gastado. ¿Te animas a contribuir a su “desgaste”?

01/07/20

En estos días pasados hice referencia a indagar en el interior de nuestro corazón para “hacer hueco” al Señor pero también para conocernos nosotros mismos, a fin de descubrir cómo somos, cuál es nuestro modo de proceder en relación con Dios y en relación a los demás. No sé a qué conclusiones hemos llegado ni qué cosas han aparecido, ni si hemos indagado, nos hemos examinado con franqueza, sin miedo. O si, por el contrario, hemos metido la cabeza debajo del ala y… ¡que chova!

Hay unas palabras de San Pablo muy a apropósito de este tema. Dice así: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón(12)Nada se le oculta; todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas(13) (Hb 4: 12-13). ¿A qué nos deben conducir? De entrada a una cosa muy sencilla, como es tener valentía al hacer nuestro examen interior, al realizar nuestra reflexión interna, porque a Dios nada se le oculta. Él conoce hasta nuestras coyunturas y tuétanos, es decir hasta lo más íntimo de nosotros. Carece de sentido silbar y mirar para otro lado, como si la cosa no fuera contigo porque todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas. Y, convéncete, antes o después acabarás rindiendo cuentas ante tu Padre Dios, que te quiere, que te ama y por eso te ofrece continuamente la oportunidad de rectificar, de “enmendar el rumbo” como se suele decir en el argot marinero.

En segundo lugar, una vez “descubierto el pastel que llevamos dentro” hay que acercarse a ese Padre que nos quiere y pedirle perdón, ponerse a Su disposición. Y si tenemos miedo de hacerlo, porque pensamos que es como nuestro padre en la tierra que cuando hacíamos una trastada nos castigaba y os daba una bofetada, acudamos acompañados de nuestra Madre La Virgen, que como una madre le hablará bien de nosotros y le dirá: “sí, ha hecho eso y merece que le des un tirón de orejas, pero mira cómo viene a TI, compungido, arrepentido, pidiéndote perdón; anda: perdónale y haz como hiciste en las Bodas de Caná cuando a los recién casados se les acabó el vino durante la comida de bodas y Tú, aunque no había llegado tu hora, hiciste el milagro de convertir el agua en vino”.

Indaga en tu interior, mira lo que está bien y lo que hay que arreglar, pídele perdón a Dios y dile que no volverás a hacerlo (aunque después, por debilidad, puedas caer en lo mismo) y tu Padre te acogerá.

30/06/20

Hay un texto de una carta de San Pablo que a mí me encanta. San Pablo fue “un tío echao pa’lante”; su vida fue una continua aventura y a veces nos puede dar la impresión que “personalmente” no tenía ningún problema. En el pasaje siguiente él mismo nos dice que no fue así: Por la grandeza de las revelaciones, y para que no me engría, se me ha dado una espina en la carne: un emisario de Satanás que me abofetea, para que no me engría(7). Por ello, tres veces le he pedido al Señor que lo apartase de mí y me ha respondido(8): «Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad». Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo(9). Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte(10) (2 Cor 12, 2-10). No se conoce cuál pueda ser esa “espina” en su cuerpo, pero sí se deduce que le daba la lata. Puede ser la vanidad al ver las cosas que sucedían a causa de su predicación; o también la animadversión de algunos, no lo sé, pero lo que sí se desprende es que no presume de sí mismo, porque conoce su flaqueza su debilidad. Por eso pide ayuda y Dios le contesta: Te basta mi gracia. El secreto es no apoyarse en uno mismo, en lo “guapo” que es sino en Dios. Y entonces, cuando uno se ve lleno de miserias e incapaz de hacer frente a eso que nos impide cambiar o mejorar nuestra vida de relación con Él, la solución es apoyar todo en Dios: Él lo puede todo, si tú, en tu flaqueza y pobreza, se lo pides y lo pones en Sus manos. Él es fuerte y capaz de hacer de cada uno de nosotros, en vez de un cuchillo tosco para operar, un fabuloso bisturí en manos de un excepcional médico.

Por tres veces se lo pidió al Señor y Él le respondió «Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad». Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte. ¡Cuánto podemos aprender de este texto de San Pablo!, sobre todo cuando nos llegue la soberbia, la vanidad porque hicimos algo bien: ni se nos ocurra apropiarnos del éxito; y lo mismo cuando no salgan las cosas y pensemos que somos un desastre: ¡Sí, somos un desastre; pero Dios escribe derecho con renglones torcidos! si le dejamos hacer a Él y nos ponemos a su servicio. Los obstáculos y dificultades en nuestra vida de relación con Él y para servirle los vamos a tener siempre. El Señor no se los quita a San Pablo; sólo le dice “te basta mi gracia”. ¡Con Él lo podremos todo para su servicio, para lo que nos pida! ¡Déjate llevar por Él, pero antes no te olvides de pedir con todas tus fuerzas que te ayude!: tú no hace las cosas, las hace Dios a través de ti.

29/06/20

Parece como si los comentarios de estos días estuviesen entrelazados, porque cada uno de ellos se apoya en los anteriores. El punto de partida es tener el corazón en disposición de que Dios nos lo llene, es decir que cuando venga a nosotros pueda tomar posesión y disponer de él. Es lo que nos sugería las palabras “bienaventurados los pobres de espíritu”. Han pasado los días o las horas y hemos tenido oportunidad de considerar esa bienaventuranza en la presencia de Dios. Quizá hayamos procurado o intentado que en nuestro corazón haya “hueco” para que Dios pueda entrar y, en consecuencia, algunas o muchas cosas que habían en él las hemos quitado de en medio o estamos en camino de ello; si todavía no lo has hecho ¡anímate y verás qué resultados, qué premios te da Dios habitando en ti!

Sin embargo, el Señor no quiere ni pretende que nos quedemos con esa visión negativa (quitar cosas, desprendernos de cosas) y por eso dice: Haceos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban (20) . Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón (21). La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz (22) ; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad! (23) (Mt 6: 20-23).

Uno de esos premios a los que aludía son los tesoros en el cielo, y como resultado allí estará tu corazón. Lo dice el Señor y Él no es como nosotros que a veces somos fieles a lo que decimos y otras no. Él es siempre fiel a su palabra. Por decirlo de alguna forma, el Señor nos permite en esta ocasión “ser egoístas”, pensar en nosotros, en nuestro beneficio. Hay que aguzar la vista y en caso de que no veamos bien, ir al oculista porque la lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz.

¡Cuántos problemas absurdos nos crea nuestra vista, nuestra imaginación que nos impiden tener con nosotros la luz de Dios y no acertar a saber dónde está nuestro corazón! ¡Mira al Cielo! que allí está Él y Su Madre esperándonos. ¿Te animas a limpiar tus ojos, a cambiar el “modo de ver” las cosas a fin de verlas desde la óptica de Dios?, porque si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. ¡Dios te espera y Su Madre también!

28/06/20

Ayer, cuando escribía sobre el “apegamiento” del corazón a distintas cosas que se “pueden meter” en él, me vino a la cabeza la posibilidad de que esa palabra tuviese la connotación de “apego” o de “pegar”. Es decir una cosa que “se ha pegado” o “apegado” al corazón, de tal modo que ocupa un lugar en el interior del mismo: como si la hubiésemos “pegado” con loctite o con silicona, siendo en su origen algo ajeno o distinto del corazón. Es el resultado de apegar o de apegarse, en pegar, adherirse, incorporar y unir una cosa a otra o de una inclinación hacia alguien. En la práctica es una vinculación afectiva intensa, duradera, con algo (persona o cosa) que se desarrolla en el interior de una persona.

En la red me he encontrado con una historia, que conocí hace mucho tiempo y cuya autora no cita la fuente. Dice así: «Había un comedor -no lo puedo llamar público, porque necesitaban una tarjeta para ir a comer allí- que dirigía una persona muy santa, que ya ha muerto. Y aquella pobre persona quería ayudar a muchos y no llegaba. Y les daba una especie de cocido. Venían con tarjeta y se hacía una gran labor, porque mataban el hambre. Era gente que no tenía nada. Pero siempre sobraba algo, y había otros que esperaban en una habitación para que les dieran las sobras; traía cada uno un cacharro -una lata, un plato desportillado, lo que podían- y sólo uno llevaba cuchara. Y sacaba de un chaquetón sucísimo, de lo profundo de uno de los bolsillos, una cuchara de peltre toda abollada, la miraba -como diciendo: esto es mío, y los demás, que no tenéis cuchara, os fastidiáis- y comía sus garbancitos saboreándolos; miraba, al final, su cuchara, le daba dos lengüetazos y volvía a guardar el tesoro. Este, en su miseria, era rico, apegado como estaba a esa cuchara de peltre. Era un pobre de pedir limosna, pero ante los demás era rico”.

¿Y ante Dios, cómo estaba su corazón?, quizá lleno de lo que hemos de evitar. ¿Se entiende lo que es el “desprendimiento espiritual” de las cosas materiales para llenar el corazón de Dios? Mientras no vaciemos el corazón de esos “apegamientos” Dios no entrará en él y, poco a poco, se irá haciendo cada vez más duro y frío, como el pedernal, y acabaremos siendo unos egoístas de “tomo y lomo”, como por desgracia suele suceder salvo honrosas excepciones en la sociedad que nos rodea.